Terapias naturales

Una densa mañana de octubre la abarrotada vía hizo que me desviara hacía una carretera de arena, sin asfaltar. El verde que bordeaba el camino me resultaba extrañamente familiar, un prado kilométrico lleno de amapolas y girasoles, con unos cuantos tractores desgastados por el sol. Lo más usual de ese paisaje lo vislumbré a lo lejos, cerca de una caseta de color crema y marrón, rodeado por una verja antigua de madera y alambre oxidado. Frené de repente proyectando una muchedumbre de polvo a las cabras y al cuidador que pasaban por mi lado. Me disculpé con el cabrero y le sonsaqué información sobre los propietarios de ese terreno tan conocido para mi. “Hoy no vendrán, si usted quiere pasear por allí yo miraré concienzudamente a mis entrañables amigas” me dijo el jovial anciano con una arrugada sonrisa. Metí primera acercándome hasta la valla, la misma que construí con mis manos una noche de agosto, salí del coche y sin pensármelo dos veces me senté a los pies de mi antiguo compañero, como antaño. Cerré los ojos y… “Disfrútala hasta llegar al corazón, y cuando llegues a él, sonríe” me decía mi abuela cada vez que me veía decidida a devorar todos los suculentos frutos del gigantesco manzano. Alargaba la mano hasta dar con la mejor manzana, la acariciaba con su inconfundible delantal rojo y me la regalaba con una sonrisa dulce, tan dulce como la fruta que me llevaba a los labios. La verdad es que seguí su mágico consejo con todas las manzanas de mi vida: los estudios de hostelería, los placeres del día a día, los noviazgos, las amigas, los viajes, las inquietudes, con mis pequeñines… Gozaba de esas cosas hasta el corazón, hasta exprimir la última gota y cuando veía que el final se acercaba, sonreía. Hasta no hace mucho era así, pero de repente “mis manzanas” estaban llenas de gusanos, podridas, rancias, picadas o pasadas. Y pensando cual sería la mejor forma para acabar con esas lombrices caí en un afable sueño donde aparecían manzanas de todos los colores, hermosos prados y yo todavía no llegaba a mi primera década de vida. Pero después de un grave balido todo se quedó en una ilusión pasada y mirando de izquierda a derecha observando que no hubiese nadie, abrí el maletero y cogí todas las manzanas que pude. Me ponía de puntillas, atrapaba la primera manzana que veía y la hacía volar directa hasta el coche. Cuando tuve más que suficientes como para no pisar la frutería en 10 años, me senté al volante radiante de felicidad y puse rumbo a casa. En mi cabeza solo resonaba la voz de mi queridísima abuela diciendo “Sonríe”. Y así lo hice sin pestañear.

fotografía: weheartit.com / texto: infinity hope©
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16 pensamientos en “Terapias naturales

  1. Un placer leerte…Ojalá tuviese más tiempo para releer y releer tus textos y no perderme detalles que en la primera lectura pueden pasar desapercibidos y captar todos tus matices…Qué bien escribes niña, enhorabuena!!!

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  2. Ha hecho muy bien nuestra protagonista, cuando en los malos tiempos nos invaden las manzanas podridas es bueno “afanar” una buena manzana y largarla a nuestro bolsillo para mas tarde deleitarnos con su rico y dulce sabor…. Lo siento por el dueño del manzano….
    Besos genia.

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