Alboroto en las alturas

Ronquido. Silencio. Ronquido. “¡¡SHHHT!!”. Mis pobres ojos me obedecieron a regañadientes para entreabrirse, mis oídos estaban completamente sensibles a cualquier ruido y mi serenidad me había abandonado hacia horas. Me resigné a dicho escándalo, salí de la cama, no sin antes despotricar contra los tatarabuelos de los tatarabuelos de mi chico, y me planté en el balcón. Era una madrugada demasiado calurosa en la que Chamartín dormía al compás del motor de los taxis y el murmullo de la gente por las aceras. Y por supuesto, de los ronquidos de Andrés. Di un fuerte portazo para aislarme de ese insoportable ruido y… Ronquido. Silencio. Ronquido. Gruñí antes, durante y después de un cigarro, con la esperanza de tranquilizarme pero me quedé hipnótica observando las mil luces de la ciudad. Se proyectaban sobre mis retinas destellos verdes, azules, rosas, amarillos, Ramones, digo marrones. Veía pasar a un grupo de chicas jovencísimas con cuatro depredadores a pocos metros de ellas, a parejas enamoradas con cientos de recuerdos a sus espaldas, de todas las edades, de todos los estilos, con los cabellos pelirrojos, barbas larguísimas, piercings y tattoos por doquier, chicas delgada, chicos de pies enormes, con corbata y piel cobriza, con mocasines y ojos Ramones. ¡¡Saltones!! A esos ojos los acompañaba una boca felina bordeada de unos atractivos hoyuelos, un cuello musculoso seguido de unos pectorales igual de turgentes hasta llegar a la cintura donde se ocultaba una marca en forma de “R”. Inconscientemente toqué mi abdomen justo donde tenía a su gemelo “R” y se me erizó el vello de la nuca. Se despertó un mundo dormido, adormilado a la fuerza, pero al fin y al cabo estaba condenado a dormir para siempre. Había pasado mucho tiempo desde aquellas caricias, desde aquellos susurros a media voz en los que el mundo era de algodón y tenía una robusta mano a dos milímetros de la mía. Demasiado tiempo desde que mi sonrisa fue verdadera, mis lágrimas de felicidad y mi espíritu vestía de rojo pasión. Sonreí con desgana ante los dolorosos recuerdos, pero me inundó una severa tristeza al ver que entrelazaba la mano con una hermosa chica. Esa mano me llevó hasta el filo del acantilado, al límite de lo inimaginable, a mi éxtasis absoluto, a comerme el mund… (Ronquido). Miré por última vez a Ramón perdido entre tanta gente, a lo lejos entre las callejuelas y exhalé un suspiro cerrando el portón, decidida a almacenar ese capítulo de por vida y hacer algo con los alaridos de Andrés. Sería una noche larga, demasiado larga y agitada para estar despierta sin una buena dosis de café y kilos de golosinas.

fotografía: weheartit.com / texto: infinity hope©
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18 pensamientos en “Alboroto en las alturas

  1. ¡¡Ayyyy!!
    Todos tenemos un Ramón escondido en lo mas remoto de nuestro subconsciente, olvidado a golpes que te dá la vida….Pero a veces, sin saber cómo, rapta en un momento de abstracción y ¡¡¡Zaca!!! Nos pega en toda la nuca hasta erizarnos, sumando mas amargura que añoranza….¿O es añoranza en vez de amargura?
    ¡¡Ay Ramón!!

    Besos.

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  2. Millones de gracias por esos ánimos, la verdad es que es el mejor regalo que se le puede hacer a un aficionado a la escritura. Me siento halagada jajaja
    Besitos Miguel

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