Caminos azarosos

Me sentía igual que una gaviota en lo alto de los cables eléctricos. Sola. Vislumbrando otra perspectiva del mundo. Viendo pasar miles de sentimientos, de izquierda a derecha, de la cabeza al corazón, de la fantasía a la realidad topándose con un ligero halo invisible. Inventando quimeras a cada paso, utopías inexistentes entre el embrague y el acelerador. Llevaba dos horas con ese juego tan fascinante. Embrague-marcha-gas-embrague-marcha-gas. Era un pasatiempo hipnótico y la mejor medicina para los días de nubarrones persistentes. Y hoy, sin duda alguna, era uno de esos horrorosos días en que aclarar las ideas a casi dos cientos kilómetros por hora era una obligación más que un placer. Notar el aire tibio en las mejillas, respirar la esencia de la tranquilidad, ahuyentar a los fantasmas de la conciencia, tener el poder absoluto entre los dedos… Dentro de un viejo escarabajo tenia lugar una acalorada discusión, lo adelanté sin pestañear y agarré con fuerza el manillar. Las manecillas que indicaban la velocidad tenían pequeñas convulsiones, el tubo de escape crujía a cada embestida que daba pero mi estado de ánimo dependía de toda esa adrenalina. Vi un pequeño cartel que ponia “Cariño” y por curiosidad me dejé guiar hasta una desértica playa de aguas verdosas. Aparqué la moto sin demasiado esmero en la acera y contemplé la conversación que mantenían las espumosas olas con las rocas. De pronto una gaviota se acercó a un peñasco y me miró desafiante, como si supiera algo que yo desconocía. “No me estoy escondiendo” le grité al pájaro. Éste me devolvió una miranda gélida, igual que la mirada de Noel hacía tan solo unas horas. Dolorosa. Fria. Angustiada. Escarbé un hoyo en la arena e introduje los pies, como si esos granitos de tierra me estuvieran reteniendo, para tener una excusa por todo el dolor que estaba provocando. Las lágrimas me nublaron el hermoso paisaje pero no dejé de mirarlo fijamente, tratando de pensar como resolver todo sin huir, una vez más. Un enorme graznido me dio una ligera idea de como volver a casa y afrontar todo lo sucedido, dejando que el azar marcara el principio o el final de todo. Hundí los pies en el agua y fui caminando hasta la moto que estaba impaciente por recorrer kilómetros junto a mi, y yo junto a ella.

fotografía: weheartit.com / texto: infinity hope©
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26 pensamientos en “Caminos azarosos

  1. Hola Hope….Se te echaba de menos, has tardado semanas en aparecer, joía.
    Cariño….¡¡Ay, que recuerdos en esa playa!! Aunque… La próxima vez que observes a las gaviotas, picoteándo, tomando el sol, planeando sobre tu cabeza, escúchalas, en sus graznidos descubrirás una risa desternillante.
    O eso me pareció entender a mí.

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  2. AMIGA… que bello escribes, parece como si una estuviera viviendo tu historia; te aliento a seguir, me gusta y creo que mereces reconocimiento.
    UN ABRAZO Y MIL GRACIAS POR ACERCARTE A MI VENTANITA :)))
    Conxita

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  3. Pienso que todos nos hemos sentido así alguna vez. Con ganas de salir huyendo y un hilo de cordura nos ata a la realidad de las cosas y nos hace que montemos en la moto de nuevo y regresemos al punto de partida para afrontar la realidad y arreglar las cosas… A veces es bueno salir huyendo, aunque sea con la mente ¿nooo???

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  4. Cuantas entradas! me alegro de corazón k vaya funcionando todo tan bien el blog!
    PD: este relato me recuerda a dos personajillos moteros! 😀

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