Mi ingrediente secreto

Podía sentir hasta El Señor Cucú, un antiguo reloj del siglo pasado que descansaba en la planta baja de la casa. Dado el silencio que nos envolvía me acabé fijando en la cicatriz que mi padre tenía en el antebrazo. Sabía que no debía mirarla pero ahí estaban mis pequeños ojos dorados observando sin descanso la enigmática cicatriz. De pronto el tenedor de papá tocó el suelo y sobresaltada le sostuve la mirada. Demasiados segundos tocó Cucú y aún sabiendo que habrían consecuencias, comprendí por primera vez que no debería temer nunca a nada ni nadie. Mamá me observó con sus dulces ojos y tras un suspiro desapareció en busca de pastel de calabaza, mi preferido. Esperando la regañina de mi padre no me percaté de un estridente silbido que provenía de la cocina, y aunque no quería perder el hilo de las desafiantes miradas tuve que ceder ante un grito. Fue tal el alboroto que se formó en casa a partir de esa noche que nunca se produjo mi castigo. Y mira que lo esperé. Deseaba con ansias que viniese mamá a la puerta de mi dormitorio y me regañase en voz alta mientas me envolvía de besos y caricias en silencio. Pero no volvió y cada noche, al cenar bajo la luz de una raída lámpara, escrutaba la famosa cicatriz con odio.

Pasaron los años y con ellos se fueron papá y mi niñez, dejando al Señor Cucú marcando mis horas y segundos hasta que lo trasladé a una pequeña casa de Moaña con preciosas vistas al mar y allí nos quedamos los dos. Mamá siempre hablaba en sueños de ese pueblecito, de sus playas y de cómo su bisabuela se enamoró de un maoñés en los molinos del Rio de la Freixa tiempo atrás. Por ese motivo, decidida a cavilar por mi propia historia, preparé una deliciosa tarta de calabaza y la llevé conmigo hasta el nacimiento del rio. Allí me estiré cerca del agua e imaginé la historia de mis antepasados sin percatarme que un curioso y hambriento Golden retriever se comía una parte de mi pastel. Al verlo con trocitos de calabaza por el hocico sonreí pero se me heló la mueca al observar a un muchacho pelirrojo correr hacía mi. Se acercó disculpándose atropelladamente mientras ataba a Lía, que así llamó a su mascota, y volviendo a reír lo invité a una pequeña porción para que la perrita se relajara al fin. También para que él se sosegara. Bueno, quizás lo hacía por mi y mis ganas de verlo de cerca. “Te puedo preguntar ¿Qué haces comiendo este delicioso pastel entre el rio y el molino?” preguntó el dueño de Lía tan curioso como ella. “No preguntes porque te acabaré confesando que busco la sonrisa de mamá entre estas aguas. Y si me achuchas un poco más el corazón te diré que pienso en ella veinte horas al día, ya que las cuatro restantes la sueño.” le dije con una sonrisa en los labios. Era tan fácil hablar con ese extraño que seguimos charlando sin descanso hasta que horas después el sol empezó a perder intensidad. Cuando bajé todo el tramo del rio junto a él y Lía, supe que volvería a revivir la feliz historia de mi tatarabuela. Con la ayuda de mamá, el Señor Cucú y kilos de mi hortaliza favorita tenía todos los ingredientes perfectos para hornear mi propio “Y fueron feliz y comieron… ¡Pastel de calabaza!”.
 

fotografía: weheartit.com / texto: infinity hope©
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