El pincel de Annie

Al echar la llave de la antigua puerta del museo volví a sentirme a salvo entre dos óleos renacentistas y la pared. Fui hasta el tablón principal donde se escondían todos los interruptores del edificio y di por finalizada la jornada de todos ellos, a excepción del 23, el cual subí al máximo de intensidad. Me dirigí hacía la única sala iluminada del museo, como hacía cada atardecer desde que una desconocida Annie Twins decidió exponer sus dulces y misteriosas pinceladas. Nunca, en las cuatro décadas de interno en museos había visto un espectáculo como el de Twins; Pintaba magia casi rozando el abracadabra en cada cuadro. Y lo que más embriagado me tenía eran los títulos que daban vida a sus trabajos. Hacía más de cuarenta minutos que, recostado en una silla, contemplaba un pequeño cuadro llamado “My wings”. Fue el último en llegar, hacía tan sólo dos días, y extrañado me preguntaba porque no se expuso al mismo tiempo que los demás. En todas sus pinturas predominaba el color blanco y magenta, pero este…Este debería contener toda la paleta de colores, pero sin un ápice de alegría, tan si quiera de entusiasmo. Me levanté a regañadientes y fui hasta la improvisada cocina que años atrás construí, para prepararme un humeante café moca, mi perdición. Con la taza entre los dedos y el bigote empapado de mi único pero delicioso vicio, volví a contemplar lo último de Annie. Me acerqué hasta la pintura, deseando entender los pensamientos de Twins entre esos trazos, y rozando la yema de los dedos contra el lienzo cerré los ojos. Quería agudizar mis sentidos y mi empatía con ella; Quería saber porque transmitía pesar este precioso cuadro; Quería descubrir el significado de “My wings”. Pero una estridente bocina proveniente de la carretera rompió mi burbuja de concentración y me asustó, sin darme cuenta de que un pequeño clavo sobresalía de la esquina derecha del óleo y acabé rasgándome el uniforme con él. Maldije por la falta de concentración de mis empleados. Decidí acabar con el café e ir en busca de la caja de herramientas mientras me relamía el bigote con sabor a chocolate. Con el martillo en la mano descolgué el cuadro recostándolo en el suelo sobre una tela de ante gris y clavé el prominente clavo a conciencia. Examiné todos y cada uno de ellos con sumo cuidado hasta que sorprendido leí una frase oculta en el mismo marco: “Que bonito debe de ser alimentarse de libertad, de esa que te acerca hasta el borde del precipicio y te da alas para volar. Te echo de menos, C”. Después de releer la frase y estudiar el cuadro hasta el alba, sentí que el dolor de Annie calaba hondo en mí. Por eso no me extrañé, años después de jubilarme, al verla en la portada de un periódico anunciando la apertura de su nueva escuela de arte. Sorbí alegremente mi café moca, mojándome a propósito el bigote encantado y guiñándole un ojo a mi artista preferida que me sonreía desde el famoso diario.

 

fotografía: weheartit.com / texto: infinity hope©
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18 pensamientos en “El pincel de Annie

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