A nubes te tengo

Hace días que llueve a modo de advertencia. Demasiada premeditación envuelve el ambiente, ya de por si colmado de nubes espesas, blancas, torpes y menudas. No sé a que se debe tanta exaltación. ¡Ni que fuera lunes! Normalmente, los lunes tienen un quedemoniosserá escondido entre horas, y sus madrugadas son algo más que vacío ciego. Y ni las mismísimas nubes saben el motivo. Seis de siete noches a la semana duermen entre lunas y estrellas, arropadas por brisas oscuras, noctámbulas a sueños, y se quedan a holgazanear bajo las sábanas hasta el próximo anochecer. Pero hoy… Ahora… Ya es de día, espacio sideral donde se encuentran justamente perdidas, y me sorprende verlas deambular por este cielo y refrescarse las mejillas tras el raíl de gotas de lluvia fresca que salpica desde lo alto. Mueven toda su redonda y esponjosa silueta, ondulando el tapiz dorado que regala el sol. Ocultas. Calmas. Revitalizadas. Y sonrientes, al igual que yo, mientras trepamos una esporádica luz, sin demora, sin pausa, que llevas amarrada a la cintura.

¡Quieta! – me digo a mí. Y también a ellas. Pero ya tienen todas las constelaciones locas e infectan de sana locura a mis sentidos esparcidos por todos tus rincones y los del planeta. No hay remedio que auxilie tal delirio. Ya llegan con los sentidos al rojo vivo y desvarían, atravesando cielos, sendas y cascadas de precipicios resbaladizos a causa de la lluvia que llevabas por apellido, a los que me asomo de puntillas y con los ojos abiertos sin tu consentimiento. Un consentimiento que me invita a pecar entre las rocas y tu boca, haciéndome tambalear, agarrándome por la cintura y acercándome al sublime espacio de tus comisuras, dulce pigmento con sabor a ti y regaliz. El que me evoca al recuerdo de que ese lunes será menos suicida que el anterior.

Y peco aquí. Y peco allá. ¿Qué le vamos a hacer? Resulta arduamente difícil hacerlo y parar. Porque he de confesar que a lunas te deseo tanto, o más, que al suspiro que rompe el silencio. Y ya que estamos, confieso que mi único vicio son tus deseos. Confieso también, con la luz apagada y en susurros secretos, que mi único momento de lucidez se da en las verdaderas despedidas, y me temo que este filo, es una de ellas. He de confesar ser mañosa en tareas domesticadas, como amaestrar ciertos bostezos o verte partir. He de confesar también, ser menos al levantarme sin reloj y ser más al acabar el día. Pero confieso todo lo inconfesable porque sé que te vas, aunque no sea partidaria del viaje, y mucho menos del destino. Y con esto, ya va una confesión extra de más. Así que dispuestos a desnudar, te desnudo a ti. Dispuestos a perder, me pierdo yo. Dispuestos a terminar, terminémonos pronto, mal y mejor.

Presiento que el principio de semana y la densidad del cielo afecta por completo a mis sentidos y dejo de ser dueña de mis palabras en momentos como este, donde las ideas galopan sin riendas y los nervios, dichosos entrometidos, no las sosiegan, y juegan a acelerar las pulsaciones mientras me miras con un par de nubes por compañía. Mientras te grabas esa intrépida imagen del cielo; y renuevas la que tenías de mí. Mientras te despides bajo la aclimatada lluvia que ya a decidido quedarse a vivir junto a mi. Mientas te vas con lo puesto. Mientras dejo de verte a lo lejos.

Porque sé que a nubes te tengo.

Y a nubes, no.

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FOTOGRAFÍAS: PINTEREST.COM / TEXTO: INFINITY HOPE©

 

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