Rumbo a mi

Se agotan los días de pleno sol, la piel curtida de sal y la brújula de mi interior solo se inclina hacía una nueva dirección. No hay sur. No hay norte. Sólo me señala a mi. Y mi cabeza parece que al fin entiende de organización. Ella acepta arriba cuando es abajo, y a prisa cuando digo stop. Serán los años de convivencia que desembocan en una gran sabiduría. En estos últimos días de verano siente el aroma de entretiempo, nota la húmeda distorsión del reloj, desea avanzarse a la caída de las hojas esparcidas por las aceras, tapizando las baldosas de la ciudad de copos marrones y pisadas ocres y lentas. Y como si lograse sorprenderme, la vislumbro excitada, libidinosamente feliz a causa de los tempranos atardeceres en la costa, porque sabe que son bálsamos sobrenaturales ante la inminente rutina. Expresión aterradora si la conjugas ante sus ojos de forma inequívoca.

En nuestro idioma; el de mi cabeza y mío propio, el término siempre es siempre. Jamás es jamás, y cambio es el pan de cada día por siempre jamás. Cambiar, inevitablemente, siempre lo he visto como sinónimo de puertas abiertas a nuevos destinos, a nuevos brazos, a nuevos retos, a mundos enriquecidos de calcio y vitaminas A, B, C y todas sus predecesoras, a encarar miedos incubados bajo la piel; a priori de viejos demonios, es así.

Cambios de estación que suelen enloquecer mis más inflexibles sentidos. Cambios de parecer que hacen de mí una persona más amoldable de lo normal. Cambios, a secas, que vuelven del revés todo lo encaminado que creía tener por seguro.

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Ciertas mañanas de éste nuevo tiempo, al igual que ciertas risas, van cambiando de color e intensidad al transcurso de las horas. Ya quedaron tapiadas bajo tierra las pisadas a medianoche sin tacones. Ahora, hacer un humeante café solo con los labios agrietados como único contratiempo de un domingo de Septiembre, conecta bien con mi interior. Saborear con los ojos cerrados la tierra mojada que trae consigo un beso bien sembrado, poco a poco va complementando mi dieta mediterránea. Ya no abuso de cenas exprés. Ya no desayuno rápido y de pie. Estrenar embalaje y precintar emociones con el fin de reservarles un mejor destino parece ser lo único que sobrevive a la velocidad del tiempo.

Tal vez fue porque lo recubrí de materias primas como el amor de rubí o quizás, ése siempre ha sido el impulso esperado, y para paliar la tardanza, llegó así. En forma de un imprevisto cohete intergaláctico. Apremiándome a cogerlo todo; sueños, domicilio, compañía y salidas, en bolsas de plástico duro, resistentes a la lluvia y al sol, y subirme sin tropezar al primer transporte público al alcance de una niña empapada de ilusión. La nave va estrellas en popa, recorriendo planetas inhabitados, dejándome falta de oxigeno cada amanecer, pero siento que esas son las ventajas que trae consigo una acertada mudanza. Y más a menudo de lo que me gusta reconocer, el camino se estrecha ante mi y me revoluciona todas las pulsaciones, a veces a modo de persona, otras, a modo de situación. Y juro disfrutar de todas ellas, indiscutiblemente del carácter que poseen: temporal, duradero, pasajero o ilimitado. Las disfruto. Las paladeo. Las reduzco entre vino blanco e ingredientes secretos hasta hacerlas mías y de nadie más.

Sonrío. Sonrío más. Y un poco más, porque creo que sin pensarlo me quedo aquí. Rumbo algún lugar; algún sueño; alguna canción que me lleve sin distracciones a mi.

FRANCE: The Cheerleader Highway Pithiviers, France in 1973.


FOTOGRAFÍAS: TUMBRL.COM / TEXTO: INFINITY HOPE©
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