Papá quería un león

“El hecho de soñar y gozar de esa libertad, no nos hace menos fuertes” susurraban los labios de papá. Palabras que salían a través de su espeso bigote color del sol, salpicando decibelios y amor cada vez que mis ojeras revelaban otra noche más en vela. Muy a pesar de mi corta edad, de mi temprana conciencia, de mis oleadas de ideas, cada vez eran más pronunciadas las horas faltas de sueño. Pero papá domaba sus palabras ante cualquier adversidad, y no sabía que, junto a su tupida barba y su humor negro, era lo que más imitaría de él en un futuro inaplazable.

¿Cómo sería eso de desaparecer y echar a volar?” revelaban los ojos de mi progenitor las noches de luna llena. Yo le respondía lo único que un chiquillo de 5 años tiene como lema: tiempo. Le aseguraba que ya tendríamos tiempo de descubrir la sensación de no pertenecer a ninguna amarra de asfalto y precisión. Y él sonreía, con un atisbo de inocencia en la barbuda comisura.

Me volvía loco al pasear por la ciudad colgado de sus historias zalameras, alabando sin tapujos el mar de su tierra, la acera, la sierra, el abeto que plantó una navidad cualquiera; el horno de pan cerca de la Plaza Mayor donde siempre habían hecho El Pan; en mayúsculas y sin discusiones. Me hablaba desde su altura, de la alcantarilla que da a una fiesta sorpresa cada 3 de Enero, y el sol, que se iba cada atardecer por la avenida más hermosa del planeta. Apelmazado de aventuras junto a él. Mi sillón preferido siempre fueron sus mullidas piernas, en las que me hacía volar y correr, aunque él dijera que un día se petrificaron sin sueños, y de la falta de ellos, vino esa rigidez. “Sueña, viaja y cómprate un león como el mio” heredé esa vieja idea de papá como complemento ideal de superación. Así, cobijados de todos los inviernos habidos y por haber, pagaría lo que fuera por siempre permanecer ahí.61ac51ddc8ffad8f8e44633405503dd5

Acerté, muchos años después, en hacerle caso. Comencé a soñar a todas horas. A viajar sin compañía, destino ni maletas. La barba creció semejando la suya, dejando en el umbral de mi boca, años de planificada bondad, destrucciones de ingenuidad, despeinándola pelo a pelo más. Fue cuestión de labios carnoso, humildes, feroces, autóctonos y rojos, de mujeres que alababan su espesor y yo sonreía sin ganas, casi con transparente apatía, con miedo de permanecer demasiado tiempo anclado a algo que no entendía.

No conseguía comprender, ni ovillando tres mil convicciones de que así era, donde encontraría los sueños y el león de papá. Su león no era una playa de aguas cristalinas. No era una mujer de locuras y manos firmes. No era una vuelta y medía al mundo en dos guiños de centellas. Tampoco eran hoteles de lujo, canciones de rock ni películas sesenteras. No vivía en el corazón de las selvas africanas ni en los glaciales de ninguna conversación ajena.

Pero una madrugada, vagando sobre pasos ya lejanos, regresé a mi ciudad, a mis anhelos de adolescente, a rutas ya conocidas, al filo de la alcantarilla tan especial, que invitaba a pasar de largo de ella; pero caí, como caen los ojos hipnóticos ante una moneda. Y vi como rugía su león, en la tapa frontal del suelo de la Plaza Mayor, frente al horno, presidiendo todos los tiempos vividos. Ondeando paciencia, colmillos y cabellera. Parecía a la espera de algo. O alguien. Cerré los ojos para hacer memoria, recordar que día se abría para una fiesta. Pero acababa de comenzar el año y lo único cierto que poseía era tiempo, una barba despeinada y, lo que siempre me acompañaba a cualquier rincón del planeta:

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FOTOGRAFÍAS: PINTEREST.COM / TEXTO: INFINITY HOPE©
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