Licencia para ser pájaro

Nada más ladear la cabeza hasta la brújula y ver el marcado norte al revés, cedí.

Cedí al destino, a la oportunidad, al futuro, al quedemoniosucederá, con verdadera fogosidad por una parte secreta que me inquietaba desde vidas atrás. Imaginé unos días venideros en cualquier lugar, lejos de unas escaleras sin final, cerca de un par de alas para volar; bajo la sombra de una palmera o de un abeto, aunque si, siempre cerca de un inhabitado mar.

Esa misma mañana hice una docena de bolsas de equipaje, metiendo en ellas toda una vida deshuesada en doce partes imprecisas; compartida a ratos, solitaria a lunas y dichosa la mayoría de los días. Para dejármelas olvidadas a conciencia en la puerta de facturación. El aeropuerto me golpeaba con ráfagas de absoluta franqueza, como si solo allí y en lo alto del amor, pudieran ocurrir los más sinceros pensamientos. Seguí mi instinto del revés y me guió cerca de un cartel donde salidas estaba escrito en todos los idiomas del mundo. Y yo ahí, a pies juntillas, desvestida de alma a pies, con la conciencia y la razón en ascuas sin entender el billete que acababa de comprar.

fly

Pero subí al avión a través de una larga barandilla de peldaños, pidiendo a gritos un pausa para resolver el sabor a extrañas despedidas. Como me hubiera gustado sumergirme en todas ellas, y desnudarlas enteras, colgada de la noche y la soledad, pero este vuelo no comprendía el lapso del aquí y el ahora, así que no tuve más opción que dejarme arrullar por el tumulto de prisas pasajeras. Casi, se me antojó, de caprichos rociados de ventiscas que estaban por llegar. Y ya no había marcha atrás, me recordé, sentada entre dos corazones fuera de cobertura. Agitando mi motor más primario; que siempre ruge, se agita y ensancha al notar el estorbo de las alas cerradas en la espalda.

Vuela. Vuela. Vuela”, oigo como le susurran ambos pies a mis ideas, acoplando su vuelo al del avión. Ellas tan bravías, mis humildes compañeras, amantes a medida de una vida sin guión. Las mismas, que a la par de mi demencia, me suprimen de cordura y le dan vueltas y vueltas, y más vueltas, a la tuerca de la velocidad que marca el ascenso del avión. Y si algo a mi favor debo de añadir, es que suelo ir con un chaleco salvaideas bajo la piel, cosido a una estampita de miel morena que trajo el sol una noche de primavera. Lo recibí ya estrenado, deshilachado y oliendo a una veteranía especial, y yo, despojada de todo pasado, sin reparos, la acogí y siempre duerme muy junto de mi.

Y usted ¿a dónde va? – una áspera y venenosa voz se adentró en mi sesera.

Me reí. Se rió. Si hubiera tenido que ponerle cara a la tóxica intrusión llevaría su tono de dicción, la blusa azul evaporada y el carisma de un sabio señor como portavoz.

Todavía está por ver – susurré cual bestia libre de nacionalidad.

Bien. Me parece bien. Pero acuérdese de abrocharse el cinturón antes de despegar.

Y se evaporó por el pasillo, atrayendo el destino de unas alas abiertas de par en par.

flyy


FOTOGRAFÍAS: PINTEREST.COM / TEXTO: INFINITY HOPE©
Anuncios

¿Qué te ha parecido?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s