Un girasol en la Antártida

Vivo anhelando una ráfaga de libertad. Pero cuando esa misma que tanto deseo, llama a mi puerta, dejo que se desgaste los nudillos de tanto golpetear. Pum. Pum. Pum. Repica. Y yo, replico entre dientes sin apenas bostezar. Otra siesta maldita. Otro nefasto intento más.

¿Porqué me hicieron con este alma tan dispar? Con lo sencillo que hubiera sido ser un manojo de nervios, una cerveza a medio terminar o un carmín corrido de tanto besar. Una frase mal hecha, una maleta extraviada en el aeropuerto de la Rivera Maya o un par de golosinas olvidadas tras el sofá. Un nenúfar que no sabe nadar, un libro sin título en la portada o un camaleón albino. Hubiera sido fácil ser un sentimiento con fecha de caducidad.

Mas no. No pudo ser. Y aquí me veo, atrapada en todos los presentes y pasados que pasan por mi lado, casi sin rozarme. Creo que por miedo a que los secuestre y cambie de protagonistas de manera radical. Y es que lo haría. Los cambiaría, si de ese modo consiguiera erradicar de cuajo los finales felices y los deseos irónicos de buenas noches.

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Así es la vida. A veces un cuento sin moraleja; otras, una terrible comedia para disfrutarla de espaldas. No me quejo de ella a voz de grito. No, no es eso. Solo lo hago para matarla de aburrimiento y si hay suerte, a mi con el tiempo. Con tiempo se va a todas partes y yo de ello, suelo tener el reloj y los bolsillos llenos. De tiempo y de sueño. De sueños los tuve colmados en otra vida que terminó antes de las tomas falsas. Se acabó sin oír ese “¡Corten! Déjenle 2 minutos para respirar, no se vaya a atragantar con su propia risa”.

Así es la vida en realidad. Algunos te espetan en la cara un “la vida es muy puta”, como aquel que te concede una medalla de honor por haber sobrevivido a una guerra. Yo siempre me quedo con ganas de responder que la prefiero así, con las botas puestas, cobrándose cada trabajo como se merece, sumida en orgasmos sin identificar. Prefiero ser cada día un vicio distinto, probar suerte en todos los bares del planeta por si en algún trago logro escuchar el redoble de claquetas y el eco de la acción.

El sonido de la misma vida que, a pesar de la apatía principal, me gusta porque me hace ser cosas que jamás imaginé.

Hoy soy un girasol en la Antártida, pero ¿y mañana? Mañana me compraré unas gafas de sol por si la muy puta de la vida viene a cobrarse el placer de dejarme ser.

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FOTOGRAFÍAS: PINTEREST.COM / TEXTO: INFINITY HOPE©
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2 pensamientos en “Un girasol en la Antártida

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